martes, 26 de septiembre de 2017
V - Recomendados para Agenda BA
miércoles, 21 de junio de 2017
El Tratado mejor libro del año por Gabriela Cabezón Cámara
Tratado del Movimiento. Mejor novela del año según Gabriela Cabezón Cámara
Novela. En “Tratado del movimiento”, Mariana Docampo le inventa una lengua milenarista al siglo XXI.
Tratado del movimiento es un libro escrito en el paradigma de la inminencia: “guay si se mira el cielo y se confunde una estrella con ríos de arsénico. Ese será el principio del fin”, afirma el narrador, que inscribe su texto entre los discursos de cambio existencial, prácticas que “elevan” al ser humano. Porque esta es una novela mesiánica y paranoica: los opresores se llaman “Grupos XY” y enseguida, las siglas son recurrentes, G-XY, patotas policiales que actúan bajo el amparo de organismos internacionales. A través de Google, Yahoo, Facebook y similares, le agregan a la mega concentración de riqueza de nuestra era un factor inédito: la concentración de información, de la que somos apenas conscientes y cuyos objetivos no entendemos. El narrador sí que entiende: “el objetivo final es alcanzar la inmortalidad y la juventud eterna de los principales jefes”, algo ya alcanzado en otras eras. El que nos habla, una voz sin género, un mesías argentino –sus experiencias suceden en Nordelta, en Villa Paranacito– sabe cómo salir: no es un revolucionario, no piensa un paraíso en el futuro de la Historia; pero “HAY SALIDA”, afirma: se trata de aniquilar el lenguaje humano, eso que “separa al ser de lo real” y aprehender otros códigos que posibiliten la elevación a mejores dimensiones. Con una retórica que mezcla tópicos científicos con siglas, videos de YouTube, la sobreinterpretación como método y apelaciones a experiencias místicas, Mariana Docampo le inventa una lengua milenarista al siglo XXI.
https://www.clarin.com/rn/literatura/resenas/Mesianica-paranoica_0_r1CrnHwcDQl.amp.html
domingo, 7 de septiembre de 2014
Viaje a un nuevo realismo de la conciencia
Viaje a un nuevo realismo de la conciencia
-Como en tus libros precedentes, aquí, las coordenadas escriturarias dan lugar a la libertad formal y psíquica del narrador. Una mirada descentrada de lo “tradicional”.
-Supongo que es una necesidad de probar con nuevos modos narrativos. Hace tiempo ya que las formas lineales o “continuas” de narrar no me satisfacen. Siento que estos modos me resultan precarios para el tipo de inquietudes que tengo. Así que traté de ir por otro lado. Creo que estoy atravesando una “crisis de narrador”
-Da la impresión que Tratado del movimiento es una novela muy pensada, que profundiza- continúa algunas cuestiones religiosas iniciadas con tu libro anterior, La Fe.
-En realidad el Tratado no es una novela muy pensada. La escribí relativamente rápido (menos de un año), y fui dejándome llevar por el narrador, por su lógica, sus razonamientos. No hubo planificación previa. Fue como un viaje y surgió de una manera espontánea. Pero a la vez es cierto, que es una continuación del proceso narrativo iniciado en La Fe, y en ese sentido, esta voz viene ejercitándose desde hace rato.
-A menudo se analizan videos en YouTube, se transcribe información extraída de Wikipedia. Puntualmente, ¿qué fue lo que te interesó investigar a la hora de operar con las herramientas discursivas de internet?
-Desde hace ya varios años se me volvió natural navegar en internet mientras escribo, mientras trabajo, mientras vivo. Excepto si realizo actividades puramente físicas (si bailo, por ejemplo), estoy “conectada” de manera intermitente a la web.
-Hay momentos en que el libro podría interpretarse como observaciones psicoanalíticas de un caso de paranoia. Sobre todo cuando se teoriza partiendo del supuesto que la realidad es simulacro, y por lo tanto, todo es ilusión. Nuestro lenguaje también. ¿Pensás que podría ser interpretado como el cuaderno de un enajenado?
-Sí, totalmente. No sólo el Tratado, también algunos cuentos de “La Fe”, mi libro anterior, están en esa nota, en ese borde entre la locura y la cordura. Me interesa además, que se trate de la voz que narra y no de un personaje “dicho”, porque en ese sentido, implica un desafío para mí como escritora.
-Mariana, ¿las formas de narrar te resultan más atrayentes que el entramado en sí que puede ofrecer una historia?
-Sí, por supuesto.
-¿Por qué?
-Si un libro no está bien escrito, si no hay una búsqueda formal, algo que estimule mi placer estético más allá de la historia en sí que se cuenta, pierdo el interés de manera instantánea. Pero en relación a los libros que escribí (excepto el primero) me interesó siempre poner en cuestión los modos de narrar, y el relato como instancia acabada. Y creo que es algo que desde chica ejercité.
-¿Compartís alguna filiación literaria con escritores contemporáneos?
-Creo que mi narrativa guarda muchos puntos en común con la obra ensayística de Vanesa Guerra, me refiero a ideas y enfoques, imaginarios compartidos.
-Refiriéndonos siempre desde un plano literario, me gustaría saber tu opinión sobre las propuestas canónicas actuales. ¿Son legítimas, o estamos ante un falso centro del cual debemos desplazarnos?
-Te digo la verdad, no sé exactamente cuáles son las propuestas canónicas actuales. Porque el canon para mí siempre estuvo relacionado con la Academia, con la institución, y me da la sensación de que ahora se corrió de allí.
miércoles, 27 de agosto de 2014
miércoles, 13 de agosto de 2014
Lenguaje en acción. Por Nathalie Jarast para ADN
lunes, 11 de agosto de 2014
En "Cuatro libros en cinco líneas", por Mercedes Araujo. Para INMENDOZA.COM
Por Mercedes Araujo, para INMENDOZA.COM. En "Cuatro libros en cinco líneas"
viernes, 11 de julio de 2014
Tratado del Movimiento. Reseña en Las 12. Por Paula Jiménez

La narradora Mariana Docampo sigue arriesgando y experimentando entre las aguas del mundo virtual y el clamor de la naturaleza. El resultado: su última novela, Tratado del movimiento.
Por Paula Jiménez España
lunes, 16 de julio de 2012
sábado, 23 de junio de 2012
Reseña de "La Fe" en Revista Ñ - 9/6/2012
Por Virginia Cosin, para Revista Ñ – 9/6/2012
"La fe", tercer libro de Mariana Docampo, reúne, según consigna la portada, un conjunto de relatos. Pero al adentrarse el lector en ellos, lo primero que aparece es la pregunta sobre la especificidad de estos textos que juegan con los límites del género: cuento, mito, historia, ensayo, diatriba, novela en miniatura, poesía. Y, dentro de ellos: mujeres, hombres, animales, travestis, transexuales, lesbianas, homosexuales, trans. En el último de estos escritos no hay ellas o ellos. Hay ell@s. Así, la identidad de género arrobada pierde su marca diferencial y se inserta en una nueva inscripción genérica. Desafiar la inmovilidad del pensamiento y de la lengua. Ésta parece ser la propuesta. Palabras que, dispuestas una al lado de la otra, depositan explosivos y minan el texto. Leer a Docampo es como intentar subir una escalera mecánica que baja. A pesar de que se cree estar avanzando, que la motricidad lectora pone en marcha los mecanismos acostumbrados, no vamos ni hacia atrás ni hacia delante. Nos movemos sin movernos.
En el primero de estos textos, “La Raíz”, la cuestión es el origen, el centro neurálgico de la historia familiar, en el que la narradora encuentra, o cree encontrar, la genealogía de las propias neurosis. “La pampa” reproduce algo de la pregunta del relato previo pero no para indagar en un sujeto y la relación con su historia familiar, sino en ciertas prácticas sociales y sus mitos de origen. La diferencia entre ambos textos se halla en el trabajo con el lenguaje que en el primero adopta modos del paper académico y en el segundo asume una pulcritud que no deja colar nada entre su concisión y su justa medida. “La soledad” es una serie de estados de ánimo y de, otra vez, preguntas, que se empujan y se disuelven para dejar lugar a las próximas. Un monólogo interior que recuerda al de Las olas, de Virginia Woolf. Otro experimento, más formal, es el que parece desarrollarse en “La pileta” en el que Docampo juega con el manejo del tiempo y las posibilidades del relato: lo que se oculta y lo que se dice en una anécdota aparentemente vacua sobre la construcción de una pileta. “El amor” quinto cuento del libro, aborda, como en otros, uno de Los Grandes Temas, con mayúsculas, como si se tratara de un diálogo platónico en cuyo vaivén dialéctico se intenta desentrañar la esencia de algo. Pero sabiendo que no hay esencia alguna. Una visita al zoológico dispara una búsqueda espiritual en “La Fe”, relato que da título al libro. Y el ultimo de estos textos –sin contar el breve epílogo-, “El arte o la cultura”, propone una suerte de ars poética en el que la autora introduce una serie de justificaciones teóricas y explica las ideas que la llevaron a desarrollar estos relatos: “Para comprender mi cuento es necesario desordenar el pensamiento, buscar nuevas coordenadas para unir las palabras. Destruir el argumento, ir hacia el centro. Hacia el foco, que irradia y absorbe. Mi cuento surge de la intuición, como un hijo o una hoja”.
jueves, 1 de marzo de 2012
Entrevista en EL LITORAL de Santa Fe
Entrevista a Mariana Docampo
En un tiempo de cambios, confuso y desarraigado.
Mariana Docampo (Buenos Aires, 1973) es autora de “Al borde del tapiz” (Simurg, 2001), “El molino” (Bajo la luna, 2007) y del recientemente publicado libro de cuentos “La fe” (Bajo la luna, 2011).
De la Redacción de El Litoral
—El Molino, tu libro anterior, es una novela de una lírica quizás signada por el paisaje algo bucólico y la memoria de la infancia. Esa poética cambia radicalmente en La fe, volumen compuesto por relatos duros, con personajes insatisfechos y dramáticos poblando un espacio de silencio y “corazones enfriados”. ¿Cómo se dio este cambio?
—Pienso que La fe está íntimamente ligada a El molino, casi te diría que, en uno de sus niveles, es una continuación. Me refiero puntualmente a las experimentaciones con el narrador que trabajo en ambos libros. En ese sentido, la narradora (adulta) de El Molino, claramente identificable, y que incluso se narra a sí misma desde afuera en el momento de la escritura, vaciada de toda interioridad, podría ser un narrador más de La fe, tan dramático o insatisfecho como ellos, y poblando los mismos espacios de silencio, si dejara por un instante de contar la historia que cuenta y desplazara su atención a su entorno inmediato. En la tensión, o incluso distancia irreparable, entre ese presente desolado de la narradora y el espacio idealizado de la infancia que ella misma crea, reside para mí el tono melancólico y lírico de la novela, que difiere del tono dramático de La fe.
Creo yo que la diferencia formal (o estética) entre ambos libros es una consecuencia de haber extremado la experiencia subjetiva de los narradores. Busqué ubicar, esta vez, los personajes en su relación directa con la época que les tocó vivir y en donde ya se han quebrado todos los pilares del pasado.
En La fe, los personajes han sido expulsados hace tiempo del territorio infantil (ya perdido para siempre), y se abren a la angustia existencial de la época actual, cuyas coordenadas son completamente otras, y las narraciones que le dan cuerpo distintas, nuevas, y por lo tanto en gran medida aterradoras. No hay un dios reconocible, no hay padre ni ley única y coherente, las identidades son mutantes, las estructuras políticas están en crisis, la institución familiar trastocada, el orden de la naturaleza subvertido, el acceso al conocimiento transformado, y por sobre todas las cosas, hay una crisis de cierta forma de concebir el relato, y por lo tanto, lo real. Por eso, quise lograr que varios de los cuentos de La fe funcionaran casi como maquinarias lingüísticas escindidas del referente; pienso, por ejemplo, en el cuento “La pileta”.
—Las plantas, los animales, los objetos, los astros, tienen una presencia particular en el libro; formas y presencias de un cosmos desintegrado en la conciencia portante de los relatos. Una desintegración que de alguna manera se corresponde con el miedo a la muerte, y también con una época y una cultura sacudida por un tembladeral. ¿Cómo nacieron los personajes que pueblan ese universo y La fe?
—Creo que estamos atravesando una época de tránsito hacia un nuevo ordenamiento. Es una época en la que nuevas formas de circulación de la información y modos del pensamiento irrumpen al mismo tiempo que se desarrollan nuevas maneras de tráfico y organización social. Pienso que si bien el cambio se desarrolla velozmente, todavía no terminó de instalarse.
Por otro lado, estamos en un tiempo signado por discursos políticos, mediáticos y técnicos en constante pugna y cuyas contradicciones ponen en evidencia la imposibilidad de pensar “lo real” como una entidad objetiva, separada del discurso mismo. Hay una transformación de raíz en muchos planos. Y por eso me parece que abismarse en las maneras de pensar o decir, incluso de contar, puede ser un ejercicio válido para no quedar atrapados en el entramado.
En este sentido, los personajes principales de La fe, son para mí los narradores. En su decir estriba su importancia y singularidad, y también de su decir depende el devenir argumental de cada relato. Por momentos, este decir los excede y el discurso es interceptado por voces ajenas, o incluso voces-máquina. Busqué que cada personaje relatara desde una extrema subjetividad, desde su propio borde, y al mismo tiempo, en algunos casos, que se presentara a sí mismo como un narrador objetivo, incluso “omnisciente”. Llamo “personajes” a los narradores de “La Raíz”, “El arte o la Cultura”, “La soledad” o “La Pileta”, incluso si éstos se presentan como un puro discurso, sin otro cuerpo identificable que el textual. Busqué extremar mi experiencia psíquica en el momento de la escritura para poder acceder a zonas que, de haberme mantenido en un modo de narrar tradicional, no hubiera podido explorar. Quise que tanto la razón como la emoción dejaran de ser motores de organización de los relatos. Me interesaba, en cambio, que éstos fueran desarrollándose por la propia lógica discursiva. Aunque en “La Pampa”, por ejemplo, no me interesó trabajar estos asuntos sino el tema de la identidad, tampoco en “El amor”, donde, simplemente, di vueltas alrededor de la emoción amorosa, rondándola, casi como un intento de no perderla. En este punto, este relato, es más cercano a El
—Hay en estos cuentos (el título del libro y del cuento homónimo ya lo señalan) una apelación si no a lo religioso, al menos a lo espiritual. Sin embargo se trata de una espiritualidad en la peor crisis, que puede resbalar hacia la tontería y la frivolidad tanto como hacia la locura. Como el personaje del último breve cuento del volumen, un bañista que se echa al sol y muere, son personajes que buscan la luz y se suman en ella, o se queman en el hielo de su ausencia. ¿Cómo te toca este tema que suele ser relegado a la indiferencia o sepultado como tema tabú?
—Lo “religioso” es un tema muy importante en mi vida. Me crié en una familia católica, con sistemas de creencias muy rígidos pero al mismo tiempo, con grandes contradicciones que han sido, justamente, las que me llevaron a querer reflexionar, a interesarme por las fisuras de los discursos, sus grietas. Por supuesto, para alguien que se educó en la creencia de un Dios todopoderoso, omnisciente y eterno, y una vida post mortem identificable y con lugar y tiempo estipulados de antemano, la perspectiva de la caída de lo “uno” en el plano político, religioso, filosófico, familiar y social es algo muy doloroso, y por momentos, puede presentarse como un riesgo psíquico.
miércoles, 1 de febrero de 2012
Reseña de "La Fe" en RADAR de Página 12

Doy fe
Nueve relatos que, amalgamando temas de la fe, la cultura y el arte, plantean la literatura como una verdadera forma de conocimiento.
“El mundo, mirado a vuelo de pájaro, es eso: un gran escenario donde convergen cantidad de cuerpos, se entremezclan. Además de cuerpos hay temperamentos, hay psiquismo, pulsiones sexuales y la llamada ‘espiritualidad’. Por supuesto, todo esto es mucho más complejo de lo que se supone. Funciona todo junto y a la vez.” Desentrañar esta complejidad a través de una mirada poética sobre el mundo es lo que hace Mariana Docampo en La fe, relatos que bien podrían pensarse construidos a partir de las ruinas que convergen en la posmodernidad: la caída de los grandes paradigmas culturales que le daban respuestas al hombre (la religión, la filosofía, la ciencia, ¿la tecnología?) hasta ubicarlo solo en el centro mismo de la escena con sus preguntas incólumes, aún sin resolver. “¿Cuál es el sentido de la existencia? Mi trabajo consiste en la selección y primera clasificación de los elementos relevantes. El estado emocional nace de la acomodación interna, e impulsos exteriores como el amor y la fe”, dice la narradora del relato que da título al libro cuando, a partir de unas visitas al zoológico de Buenos Aires, observa el comportamiento de ciertos animales e inicia lo que al principio podría denominarse un viaje espiritual, místico, una caída libre a la inmensidad del ser a través de todas las formas posibles del esoterismo, desde la carta astral y maya, pasando por un viaje al cerro Uritorco, un templo budista y el encuentro con un maestro zen, las terapias alternativas de origen norteamericano, las lecturas del Libro Naranja de Osho y la versión alemana de Richard Wilhelm del I Ching, entre otras búsquedas, todo a un ritmo frenético y agudo que, por acumulación, se convierte en una especie de grito agónico: la necesidad imperiosa que tiene el hombre de creer en algo. Y es notable lo que logra Mariana Docampo cuando la revelación busca la respuesta, el interrogante se expande como una teoría cósmica: “Nuevas preguntas se presentaron ante mí: ¿cuáles son las causas verdaderas de las injusticias sociales? ¿Qué responsabilidad social tengo yo respecto de ellas? Yo iba apuntando las preguntas en mi cuaderno. Acaso lo apuntado pueda servir para futuras conciencias que tras mi muerte busquen un punto de partida para nuevas investigaciones”.
Es condición de la poesía exceder los límites del lenguaje; y los relatos que integran La fe están planteados desde esa perspectiva, no sólo por el sutil tratamiento de la prosa, su ritmo interno, sino también por esa gran capacidad que tiene la autora de El molino para generar climas acuciantes e intensos, ya sea abordando el tema de la soledad, o el amor cuando impone su propio lenguaje. Por lo tanto, si la poesía rebasa esos límites resulta natural que los relatos excedan muchas veces los límites del género hasta emparentarse con el ensayo, así ocurre en “La cultura o el arte”, por ejemplo, donde la gestación de un cuento es al mismo tiempo reflexión sobre la constante tensión que existe entre la representación artística y los modelos ideológico-culturales imperantes en cada época.Literatura como forma de conocimiento, tal vez en eso estriba uno de los mayores logros que tiene La fe, título sugestivo y apremiante. Acaso el libro no sea otra cosa que ese conjunto de verdades que se creen y con las cuales Mariana Docampo arma su universo narrativo de singular originalidad, ya sea planteando el tema de la locura y el miedo a la muerte en el seno de una familia, como lo hace en el relato “La raíz”, uno de los más logrados del libro, o el relato titulado “La pileta”, en el que narra de manera notable la historia de una familia que termina construyendo una pileta por culpa de un modelo de riego tomado de un manual escolar de Ciencias Sociales en el que aparecía el mapa de la ciudad azteca, desbaratando así el orden natural de las cosas. No hay un tema imperante en estos nueve relatos que componen La fe porque lo real, o acaso eso que llamamos realidad, no lo tiene.
domingo, 18 de diciembre de 2011
Primera reseña de La Fe - Las 12 - Viernes 9 de Diciembre 2011
La fisura por la que caíPor Paula Jiménez para Las 12, Página 12,
Viernes 9 de Diciembre 2011
jueves, 1 de abril de 2010
El Molino. Texto de presentación. Por Teresa Arijón
Por Teresa Arijón, Diciembre 2007
El molino, de Mariana Docampo, parece tener su origen en “una anomalía del destino” — que la autora no juzga y sólo se limita a enunciar y presentar. Como dijera Pasolini de Moravia en Descripciones de descripciones — su sola intervención es una “delicadeza impersonal que consiste en transferir, sin que el lector lo note, esa anomalía del destino y sus consecuencias a otro orden expresivo: simbólico o metafórico”.
Mariana inicia su novela con un ábrete sésamo, la consabida artimaña que algunos llamamos epígrafe y que en este caso dirige la lectura como una flecha, pero de rumbo incierto — una cita bíblica que reza: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si ustedes me conocen, conocerán también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto.
Y de inmediato irrumpe el texto — parco, desadjetivado: Papá volvía de noche. Llegaba después de que nosotros nos dormíamos. Y se iba horas antes de que despertáramos. Yo no lo conocía.
Y así se inicia ese traslado ominoso del que hablaba Pasolini: transformar en metáfora la vida cotidiana de una familia numerosa, católica, amiga del cura párroco, sacrificadora de gatitos por horror a las castraciones, que configura el pesebre viviente en las Navidades y se cree, qué duda cabe, un alter ego de la sagrada familia por derecho propio, por estar sentada a la diestra del padre. Pero el padre — que es visto y enunciado como imagen y semejanza del buen Dios de larga barba — es también un padrecito Stalin, un fanático que agita los brazos con vehemencia y conduce a sus hijos y a su mujer hacia el peligro: que él llama aventura.
Todo pasado por los ojos de una nena, Juana, ni muy chica ni muy grande. La familia de Juana —sagrada por vocación, no por mandato divino, y he aquí la anomalía del destino — no huye a Egipto a lomo de burro: se interna en un auto grande y destartalado en los llanos de la provincia de Buenos Aires y en otras tierras inestables y argentinas que siempre parecen amenazarla con sus criaturas: el chancho salvaje que acecha en el fondo del pantano, los urúes traidos de Africa en el siglo xvii por los españoles, algún cuero de animal muerto que imprevistamente podría animarse, huesos pelados por los caranchos que de noche encarnan la luz mala.
¿O la amenaza está, más bien, en la voz del padre? Porque esas criaturas de la maravilla jamás se hacen presentes: sólo son nombradas por ese padre que habla solo, canta, salmodia, esclarece a los ignaros, ríe como un loco, le pega cinturonazos al aire, predica — y todo a campo abierto. Y siempre con inminencia de tormenta — el castigo del cielo.
Y la madre prolífica, abnegada con su séquito de hijos y la cría prendida al pecho, en brazos o tironeándole de la falda. La madre que cumple rigurosamente su papel de paridora y su función mediadora pero siempre parece un poco distraída, en un precioso estar en otra parte. Y los hijos en fila india, obedientes y curiosos: un ejército de siemprelistos con su arsenal de juguetes medio rotos. Una imagen, diríase que habitual, de una clase empobrecida desde su gestación.
Y el ritual, en este contexto pagano, de la gallina descuartizada como contrapunto al ritual sacralizado de la misa católica. Y el gato negro que siempre cruza la escena, con la cadencia del mal agüero. Todo es escandido aquí, escanciado: la lluvia, el muñeco manco semienterrado que asoma sus ominosos atributos plásticos, las pisadas de una nena entre las flores, el cruce de un charco de agua sucia para conocer por fin al padre, la luz de una linterna, el molino de aspas inútiles al que se llega y no se llega, el árbol del ahorcado, la infancia como locus de una inocencia siniestra.
Y los exterminios, las ubicuas matanzas de lo que Theodore Roethke llamaba “criaturas indefensas, inermes, desamparadas”: una gata muerta de un balazo por mano anónima, gatitos recién nacidos abandonados por la familia de Juana en las vías del tren para alimento de las jaurías, una mujer que mata a su hija de dos años volcándole encima una olla de agua hirviendo, más gatitos arrojados de patitas temblorosas a un cruce de ruta plagado de camiones, una babosa ahogada en sal, un sapo aplastado, un pescado que boquea, los gatos grandes descendientes de la vieja gata paridora tradicionalmente envenenados en el instituto Pasteur, el perro rabioso —Dokán— que mordió al padre antes de morir con las fauces llenas de espuma.
De todas las criaturas sacrificadas se dice — por suerte no sufrió, no se dio cuenta, esa muerte no duele, cosas así.
Pero, siguiendo la anomalía del destino, un animal escapa — por su misma naturaleza — a la matanza generalizada: la rata gorda y negra que mordisquea el pollo de la fiesta de Navidad. Una escena que paraliza por lo oscuramente verosímil, por la violencia de las asociaciones: cuando la madre abre la puerta del horno, todos los comensales ven a la rata relamiéndose en la asadera, menos dos de las chicas. Todos miran para abajo, la rata huye, y la madre les sirve el pollo a las chicas. Que lo comen riéndose un poco, porque se dan cuenta de que algo raro pasa, pero no saben bien qué. Y el padre que se burla y las alienta a comer un alimento inmundo. Y ese es el tono de El molino: el de un sarcasmo pausado, pasmado, que cae por su propio peso. No se trata de una truculencia buscada o cultivada, sino de impecable observación de los hechos con fogonazos de humor negro. Como si Mariana hubiera capturado con una cámara fotográfica muy antigua la verdadera entidad de esa familia — que es un secreto a voces.
Y concluye el traslado — es decir la novela familiar — con otra cita: “No temas, pequeño Rebaño, porque el Padre de ustedes ha querido darles el Reino”.
La imposición de la palabra bíblica como una imposición de manos — ¿hacia la sanación? ¿hacia la salvación?
La sanación —liberanos a malo, líbranos del mal— sería acaso alguna forma de libertad: por ejemplo la escritura para el personaje ya adulto de Juana.
La salvación... ¡ah! En la metafísica cristiana, eso siempre depende del Padre.
Y en esta ficción el padre sofoca, a mansalva.
lunes, 29 de marzo de 2010
El Molino - Por el camino menos transitado (Carolina Esses - Nota en Revista Ñ)
Por Carolina Esses
Revista Ñ, Nro. 301, Sección: Narrativa argentina, página 22, 4 de Julio 2009
Que la división entre géneros literarios es simplemente una convención que nada tiene que ver con el lenguaje, no es nada nuevo. Ahí están los grandes para demostrarlo: Di Benedetto, Macedonio Fernández, por sólo nombrar un par. Sin embargo y a pesar de que la poesía argentina de los últimos años sí pareciera, muchas veces, asumir recursos propios de la narrativa (trama, argumento, etc.), esta última, por el contrario, no parecía tan permeable al lenguaje poético. Por eso es interesante detenerse en algunos libros publicados recientemente donde se ve la construcción de una estética distinta. Es el caso de Las Anfibias de Flavia Costa, (Adriana Hidalgo, 2008), Frío en Alaska de Matías Capelli (Editorial Eterna Cadencia, Buenos Aires, 2008), La sombra del animal, de Vanesa Guerra, (Bajo la luna, 2008) y El molino, de Mariana Docampo (Bajo la luna, 2007).
En cada uno de ellos se lee algún desborde, un leve o exasperado desacomodamiento, cierta incomodidad en relación al lenguaje que hace que queden desestabilizadas categorías como la de personaje, narrador o verosímil. No es de extrañar, entonces, que un epígrafe de Clarice Lispector abra el libro de Capelli. Ni que Docampo y Guerra encuentren en ella un referente de experimentación y búsqueda -¿cómo narrar después de Lispector?, se preguntan- o que en el Post Scriptum de su novela Costa la nombre como una de sus fuentes de inspiración. “Escribir es una piedra lanzada a lo hondo de un pozo”, decía la autora en Un soplo de vida. Estos narradores parecieran asumir el vértigo de esa piedra, la pregunta por la narración, ajenos a las expectativas que suelen abrir categorías como novela o relato.
Una niña rapada, su padre, un centinela, mujeres llamadas anfibias son algunos de los personajes de la novela de Costa, heredera de los universos mitológicos o de la imaginación de Ursula K. Le Guin. En los depurados fragmentos que conforman los capítulos, las palabras adquieren su valor más extraño –y por extraño más alejado de su connotación habitual. Como si a la hora de escribir su primer libro de ficción Costa–periodista, investigadora- quisiera quitarle al lenguaje todo su valor utilitario, manifestando su capacidad de nombrar, como la primera vez, a través de un castellano donde conviven tanto neologismos como expresiones que remiten al español peninsular. ¿De qué idioma se trata? La respuesta podría estar en la belleza de las mujeres de Belinston, esa región donde se imagina la historia, una belleza desfasada, ambigua y extraña, similar a la de textos como La araña, de Lispector, o más cerca aún, Los días sentimentales de Nicolás Peyceré. Al igual que en el caso de Docampo, en Costa surge, inevitable, el nombre de Diana Bellessi como una presencia –ella también, tan cercana a Le Guin- importante a la hora de pensar, cada una, su escritura.
El universo de Macedonio Férnandez, el humor de la prosa de Alejandra Pizarnik o el trabajo con la palabra de Sara Gallardo en la novela Eisejuaz o en los cuentos de El país del humo, son algunas de las líneas hacia atrás que se pueden trazar partiendo de los cuentos de Vanesa Guerra. Relatos donde el narrador –siempre diferente- se disuelve en una multiplicidad de voces que remiten a la formación psicoanalítica de Guerra. Y no está mal regresar un poco a un yo múltiple en medio del auge de las llamadas autoficciones (relatos en primera persona, realistas y generalmente autobiográficos) que invaden la producción de jóvenes y no tan jóvenes escritores. Como contraposición a esa primera persona la opción es regresar al estallido del yo; como contraposición al argumento pensado como motor del cuento, la escritora se detiene en la construcción de estados de ánimo que se desarrollan en los claroscuros del discurso –a veces prosa, por momentos verso- sin perder de vista la tensión de la trama.
“Me gusta pensar la ficción”, dice Guerra, “como aquello que se perdió”. La afirmación sirve para entrar, también, en la narrativa de Capelli, quien al igual que Guerra destaca entre sus lecturas a Marcelo Cohen. Las lagunas de la memoria, la dispersión, un estado de la conciencia suspendida por el alcohol o el sueño son recursos que el escritor utiliza para poner en cuestión la posibilidad de registrar lo real. Cada relato se construye superponiéndose o completando el anterior. Las frases plantean ciertas elipsis –la ausencia de determinados nexos causales, por ejemplo- que las hacen más cercanas al lenguaje poético que a formas propias de la narración. Quizás se trate de seguir ese “principio de incertidumbre” que da título al primer relato y que remite al nombre de uno de los libros de Joaquín Gianuzzi (Principios de incertidumbre) cuya poesía fue decisiva para toda la generación de poetas con la que Capelli se formó: “leí bastante poesía argentina contemporánea, de los últimos quince años”, comenta, “en mucho casos encuentro ahí cosas más interesantes que en la narrativa de los mismos años”. Como el personaje, siempre desfasado, el lector debe volver constantemente sobre sus pasos para comprender que el argumento se encuentra, al igual que el recuerdo, plagado de fisuras.
Mariana Docampo comparte con Guerra la pasión por Sara Gallardo, y con Capelli y Costa la influencia que proviene de la poesía. “Separada de la poesía, la narrativa pierde su posibilidad de vuelo”, dice. Quizás de los tres su novela, El molino sea el texto que más se acerca al género. Pero sólo en apariencias. Porque de lo que se trata es de poner al descubierto la máquina realista –esa que Stendhal y Balzac y más tarde Flaubert armaron y desarmaron para sorpresa del lector ingenuo- a través de la voz de una niña que cuenta su infancia con el distanciamiento de un narrador omnisciente. Los personajes –la madre, el padre, los muchos hermanos- se mueven, por momentos, como caracteres manipulados por una mirada naturalista que no tarda en develarse artificiosa: la escena de escritura presente en la novela remite a la de una cartógrafa que arma y desarma el recuerdo. La pregunta es por el objeto de la narración y por el yo como centro ordenador del relato. Desenmascarado el artificio realista, lo que queda es un aparato discursivo que la novela explora al máximo.
Lejos de cualquier división generacional –Guerra, por ejemplo, es del 65 y Capelli del 82- lo que une a estos escritores es la construcción de un proyecto narrativo cuyas filiaciones se encuentran en caminos que no son los más transitados dentro de la última narrativa argentina. El resultado es una serie de textos en los que los elementos del relato aparecen entretejidos, escondidos o asomados detrás de la porosidad de un lenguaje cuyos matices y potencia poética nunca se deja de lado.
miércoles, 10 de marzo de 2010
El Molino - Reseña en "Hablando del asunto"
(http://hablandodelasunto.com.ar/?p=623)
Este libro empezó por gustarme porque en él, el agua no cae sino que se derrama. Ya con eso tendría un punto a favor. Eso si una lectura pudiera evaluarse por puntos a favor y en contra.
El molino es la historia de Juana y de su familia narrada en fragmentos que no son temporalmente correlativos, empezando desde su nacimiento en el ‘73 hasta el año ‘05.
La novela demanda paciencia del lector que tiene que ir construyendo poco a poco el mapa de la historia constituido no sólo por Juana sino por su padre, madre, hermanos, tía y abuelos. En cada fragmento se narra un episodio que se interrumpe para continuar más adelante. O no.
Hay dos momentos principales de la historia, la vida de la familia en Zárate, durante la infancia de Juana y, posteriormente, la vida en Buenos Aires. Estos, como vengo diciendo, se intercalan.
Cada parte de la historia es interdependiente en el sentido de que es una sostiene a la otra. Los personajes se agrupan como puntos de una misma línea. Y el universo narrado de ninguna manera se detiene ante el lector.
Lo que tiene de breve, lo gana en sentidos, en personajes ricos pero sólo observados. Todo lo que podamos decir de cada uno de ellos siempre va a pertenecer a nuestra lectura porque la narradora no reflexiona sobre ellos, no los analiza. Juana tiene un hermano, Luis, con el que tiene una relación especial, no sabemos hasta qué punto. A veces cercana a la violencia, otras cercana a lo erótico o simplemente formada por los jugueteos de dos niños. Lo mismo pasa con el padre de Juana, un hombre simpático, violento, trastornado o nada de todo eso. Depende de nosotros.
El molino empieza y termina con la muerte de los gatitos. La pregunta es de qué se trata la historia, el argumento. No creo que haya argumento o, en todo caso hay muchos, corre por cuenta del lector, quien elige su propia aventura.
La reseña no puede ser larga, tiene que ser tenue, con más alusiones que afirmaciones, para hacerle justicia al libro. Lástima que no pueda ser sutil como él.
Este último párrafo debería estar catalogado bajo alguna etiqueta como “antireseña”. Me gusta saber que no llegué a entender algunas cosas del libro. No se me ocurre pensar que no estuve a la altura del texto. Como aquella película alemana que vi en algún festival de cine de la que no entendí absolutamente nada, pero que persiste, girando y girando en mi cabeza, este libro no se rindió fácilmente a mi lectura. No llegué a entender la seguidilla de citas del evangelio, ¿es la letanía de una enseñanza religiosa, es el plano místico de la protagonista? Me gusta no haberlo entendido instantáneamente porque me obliga a seguir pensando el libro mucho tiempo después de leído, me obliga a no olvidarlo.
martes, 9 de marzo de 2010
El Molino - Nota en Revista Plural
Derecho al autor
Periódico Plural, Año 2, Nro. 23
Antes de empezar a escribir El molino, tenía en mi cabeza las dos primeras oraciones del libro: "Papá volvía de noche. Incluso si llovía a cántaros", y después, puesta entre otras: "Yo no lo conocía". Alrededor de ellas, se agolpaban unas cuantas sensaciones e intuiciones acerca de mi infancia. Escribí en dos días las primeras diez páginas de la novela y después me detuve. Dudé. Sabía que adentrarme en la novela sería una experiencia intensa y quizá dolorosa. Di vueltas, pensé en abandonarla, pero el relato mismo me devolvió a su escritura, y me comprometí con mi trabajo.
El molino es una novela sobre la infancia, considerada una especie de «paraíso perdido», tiempo circular y simbólico que irradia efectos y significaciones hacia la vida adulta. Aunque me valí de muchos recuerdos personales, la novela no es biográfica; se trata de una familia que camina por un territorio incierto en busca de un molino que sirva como soslayo. Ese molino funciona (lo comprendí durante el proceso de escritura) como una suerte de meta simbólica hacia la cual se dirige la familia en las reiteradas expediciones que van marcando la evolución argumental de la novela, y a cuyo alrededor fui distribuyendo fragmentos de la historia personal de la protagonista. Comprendí pronto que ese molino, al cual el grupo acude con obstinación, funcionaba también como guía y como motor de mi escritura.
Me gusta teorizar sobre lo que escribo; por eso, mientras avanzaba en la novela, reflexionaba sobre el sistema familiar, los roles, las imposiciones sociales, la moral, la religión, la adultez, la infancia. Me preocupé por no hacerlo explícito en el texto, aunque su armado es el resultado directo de esas reflexiones y de un arduo trabajo con el lenguaje y con sus posibilidades expresivas. Me llevó dos años escribir el libro.
Trabajaba en una oficina y no bien terminaba mi jornada laboral, corría a casa para seguir, imprimía lo escrito, corregía y, en hojas sueltas o en cuadernos, hacía cuadros de acontecimientos, esquemas interpretativos y dibujos o mapas de las excursiones al molino con sus distintas postas, como en un juego de mesa infantil.. En parte, lo hacía para ordenarme, también por jugar o por el puro placer de tomar anotaciones y trabajar en una novela como si se tratara de una superproducción cinematográfica. Intercalé citas bíblicas para darle musicalidad al texto, y me serví de ellas para ir trazando el mapa ideológico y religioso que sostiene a la familia, el sistema moral que la rige. Esas citas, dispuestas a partir de la mera asociación narrativa, generan nuevas asociaciones, profundizan y abren sentidos en la novela.
El Molino - Reseña en "El Interpretador Libros"
Por Josefina Heine
El Interpretador Libros
7 de febrero de 2009
(http://elinterpretador-libros.blogspot.com/2009/02/viaje-hacia-la-infancia.html)
Es el molino el que arrastra y trae, con el viento, los recuerdos y los aires del pasado. Es molino el que gira a lo lejos, y viaja con la memoria para darnos a conocer viejas e imborrables experiencias. Y es el mismo molino, también, el que se hace presente, el que toma cuerpo, para demostrar que la historia no ha cambiado, y para conjugar en sus concéntricos círculos una vida que gira en redondo, en el seno de una “querida familia”, en la experiencia de una niña, una mujer, que viaja sin descanso hacia su eterna infancia.
Jesús dijo entonces: “ A qué se parece el reino de Dios? ¿Con qué podré compararlo? Se parece a un grano de mostaza que un hombre sembró en su huerta; creció, se convirtió en un arbusto y los pájaros del cielo se cobijaron en sus ramas”
Este es uno de los tantos epígrafes que aparecen en las hojas de El Molino, la primera novela de Mariana Docampo. La historia conjuga, reúne y yuxtapone los recuerdos y vivencias de una niña, con el discurso propio de la ideología cristiana. La narración, a su vez, intercala estos epígrafes como un modo de dar a conocer las experiencias de una familia y la imagen de un padre líder que se esconde detrás de su propia imagen y de sus propias palabras. Con este procedimiento, la protagonista desarticula los discursos religiosos familiares, cotidianos, en función de la propia identidad, y en la construcción de la propia imagen que intenta alejarse, por momentos, de la voz y la presencia de una madre sumisa y dominada. El molino, de algún modo, puede ser pensado como un pequeño grano de mostaza, que crece con sus historias y experiencias, y al mismo tiempo se oculta detrás de sus propias ramas. Lo dicho y lo no dicho; lo que se muestra y lo que se esconde, las historias que salen a la luz, y aquellas que se silencian.
Juana, la protagonista, tiene un ojo muy preciso que hace zoom en las historias del pasado; y en este retornar de las fechas, los datos temporales que se exponen aparecen de un modo inconexo y desordenado, donde se funden el presente con el pasado para crear un clima tenso y poco confiable. La rudeza del hombre, del padre, del pilar de la familia, se hace presente en todo momento, y la debilidad del sexo femenino, representado en el silencio de la madre, Eva, es quizá un modo de expresar una identidad sexual que en todo momento está por explotar. El tópico de la identidad, por esto, se concentra en esta novela a partir de la sexualidad de Juana. La identidad no es más que una cuestión de género que avanza entre la violencia y la violación de deseos no consentidos, y experiencias que florecen junto al sometimiento y la autodeterminación.
La identidad se construye también, al margen del seno familiar, desoyendo sus voces, concentrándose en las propias. Hay una fauna ingeniosa, metafórica, viva, que aparece junto a las manos y miradas de Julia, la amiga de la infancia. Las ratas invaden la casa, se devoran el plato navideño y entran en la celebración para oscurecer y silenciar la mesa cristiana. Juana, sin embargo, se abstrae de estos acontecimientos para formar un espacio propio que nace en las miradas y en las caricias de sus propias voluntades sexuales:
Julia me señaló con su dedo una de las flores bordadas en el mantel. Y yo la miré. Julia acariciaba el relieve con la yema de su dedo y me decía unas palabras al oído (…) Se hizo un silencio alrededor. Deslicé la yema de mi dedo sobre el borde de la flor y toqué la mano de Julia (…) Ni miré el horno. Julia tampoco (…) Todos miraron el horno. Y vieron que una rata que caminaba arriba de la asadera en donde estaban los pollos. Grande. Negra. Pero ni Julia ni yo la vimos.
Este abstraerse es quizá la característica más particular de la protagonista. Ella puede evadirse de los discursos y mandatos familiares para crear sus propias oraciones, su propia imagen, donde el género y lo femenino actúan como piezas claves de autonomía y libertad. En un ambiente dominado por la familia tradicional argentina, de clase, la protagonista se aísla, se evade para observar y formar un mundo propio.
El molino, finalmente, si bien se presenta como el espacio al que recurre la familia luego de la misa dominical, parecería ser el abrigo, el santuario, el lugar de protección de los recuerdos del pasado, de las experiencias del presente. El viento que corre junto al molino es quizá su propia vida, formada por una memoria que viaja a lo lejos en la construcción de una mujer distinta, propia y ajena.
Mariana Docampo nació en Buenos Aires, en el año 1973. Su literatura se caracteriza por un lenguaje delicado, y una construcción narrativa simple e inteligente. Es poeta, cuentista y novelista. Es Licenciada en Letras para la Universidad de Buenos Aires; y en el año 2001 publicó el libro de cuentos Al borde del Tapiz (Simurg). El Molino, publicado por la editorial Bajo la Luna, es su primera novela.
El Molino - Reseña en Radar
Por Verónica Bondorevsky
Radar Libros - Domingo, 20 de enero de 2008
El molino
Mariana Docampo
Bajo La Luna
128 páginas
El molino hace un zoom en la mirada de una niña y también de una joven nacida en el seno de una familia numerosa y católica, cuya infancia transcurre fundamentalmente en Zárate por el trabajo de su padre a fines de la década del setenta y comienzos del ochenta. Y la visión de esta niña es singular, ya que mira desde un ojo excéntrico, es decir, fuera del foco de atención para el resto de la familia, y también —ése es el gran arte de esta novela— en muchos casos para el lector, al que desubica y sorprende sutil pero persistentemente.
Juana, la protagonista, repasa los hitos cotidianos del entorno familiar. Sin embargo, hilados todos en una novela de tiempo descuajeringado como es El molino, que salta y mezcla el pasado con el presente, termina por construir una atmósfera de tensa calma: tranquila en lo que se cuenta; inquietante —con mayor o menor efectividad— en cómo se lo reconstruye.
Muchos de los sucesos personales están enmarcados por epígrafes extraídos de textos bíblicos. Con este procedimiento, la protagonista parecería desarticular los discursos religiosos familiares cotidianos en función de la propia identidad y del uso que de éstos hace en tanto narradora.
La novela se centra en la sexualidad de Juana (cuando no, ligada a la propia historia familiar). Hay una fauna somática, metafórica, dominada por gatos que la familia mata ya que son plaga, y ratas que aparecen imprevistamente. Esa atención puesta en los animales es distinta para el entorno que para la protagonista. Por ejemplo, Juana estrecha por primera vez su mano cómplice y serena con Inés, su mejor amiga de la niñez, mientras todos los demás se movilizan espantados por la presencia de un roedor.
A su vez, el sexo no consentido, como violación o forma de someter a la mujer, sobre todo en sus primeras experiencias, está presente en las páginas de El molino. También el respeto por temor o indefensión, hasta finalmente la autodeterminación, no sin huellas o nostalgias.
Por otro lado, hay un aire de clase –dominado por la familia tradicional argentina: numerosa, unida y católica– que ayuda a construir esa aparente liviandad de los recuerdos. En un ambiente de madre, padre y hermanos que luego de la misa dominical van a descansar a un estanque con molino, éste, a la distancia, parecería ser el verdadero refugio y santuario (alternativo, sin estridencia) de la interioridad de la protagonista. El Rosebud sagrado de su infancia frente a la gran religión familiar.
El Molino - Contratapa

Bajo la Luna, Buenos Aires, 2007
http://www.bajolaluna.com/
Valiéndose de una estructura de fragmentos narrativos sin orden cronológico ––un cuidado ejercicio de estilo que remite al funcionamiento natural de la memoria–– Mariana Docampo recompone la novela de una familia numerosa desde la mirada de una de las hijas.
Las excursiones, los viajes, el universo infantil estimulado por la fantasía del padre líder, la religión y una atmósfera opresiva siempre al borde de la tragedia son algunos de los elementos que Docampo utiliza para construir una mística familiar que oculta más de lo que exhibe y, a partir de lo que deja entre líneas, desarrolla impecablemente un crescendo de tensión en el relato.








