domingo, 16 de mayo de 2010

La vaca Pampa



Pampa es la primera vaca clonada en Argentina, nació el 6 de agosto de 2002. El objetivo de la clonación fue crear un "tambo farmacéutico" conocido como la Dinastía Pampa.

Bio Sidus S.A., empresa de biotecnología que llevó a cabo el emprendimiento, junto con investigadores del Conicet, la UBA y el INTA, explicó: "Para la gestación de Pampa se transfirió por fusión celular el núcleo de una célula de feto bovino de raza Jersey a un óvulo previamente desnucleado, generando de esta manera un ovocito activo capaz de dividirse en forma similar a lo que hubiera ocurrido por fecundación natural. El embrión obtenido in vitro fue implantado en el útero de una vaca adulta de raza Aberdeen Angus que cumplió el rol de madre sustituta durante 278 días de preñez hasta el alumbramiento de Pampa".

Con el nacimiento de Pampa, la Argentina se ubicó entre los nueve países del mundo que fueron capaces de clonar vacunos.

Actualmente hay varias vacas clon en el tambo farmacéutico (Clara, Dulce y Mansa, hermanas de Pampa, y portadoras de un gen humano), y un ternero clon llamado "Pampero".

Bio Sidus presentó en 2007 la Dinastía Patagonia: Las terneras Patagonia I, II, III y IV nacieron entre febrero y marzo de 2007. Son cuatro terneras de Raza Jersey que poseen en su material genético el gen del precursor de Insulina humana.

jueves, 13 de mayo de 2010

Inmanuel Swedenborg

Inmanuel Swedenborg, intérprete celestial de reinas y nobles. Dos fragmentos que corresponden a su encuentro con los espíritus y habitantes del planeta Júpiter, que vieron a través de sus ojos:

"He sido informado por los ángeles que la primera expresión en el habla de cada planeta se realiza a través de los gestos del rostro, y principalmente mediante los ojos y los labios. La razón de que esto sea así es que el rostro fue creado para representar aquello que el hombre piensa y desea. En consecuencia, se conoce al rostro también como el modelo e índice de la mente".

Y antes:

"Respecto a las caras de los hombres de nuestra Tierra, que vieron a través de mis ojos, dijeron que no eran hermosas y que la belleza que poseían se debía a la tersura de la piel, pero no a las fibras y músculos del interior del cuerpo. Se sorprendieron de ver que las caras de los hombres estaban cubiertas de verrugas y pústulas o desfiguradas de alguna otra manera, y dijeron que tales rostros no se ven jamás entre ellos. Sin embargo, encontraron algunas caras que les agradaron, tales las que sonreían y estaban alegres y las que ofrecían alguna ligera prominencia alrededor de los labios.
La razón de que les agradaran los rostros con ligeras protuberancias en la zona del rostro que corresponde a la boca, era a causa de que su forma de hablar estaba influida mayormente por el rostro, especialmente por la zona junto a los labios, y también debido a que nunca fingen, es decir, nunca hablan cosa que se aparte de su pensamiento, así es que no constriñen su rostro, sino que dan rienda suelta a su capacidad de expresión, pero esto no es lo mismo con los que desde la infancia han aprendido a fingir: el rostro de éstos está, en consecuencia, constreñido desde el interior, y también desde el exterior. Más bien está siempre presto a constreñirse o a relajarse, según dicte la malicia. La verdad de todo esto puede verse a través de una inspección de las fibras musculares de los labios y partes añejas, pues es inmenso el número de fibras que existen en esta zona del cuerpo, habiendo sido creadas no solo para la masticación y para expresar palabras, sino también para expresar las ideas de la mente".

Una vaca en La Pampa


jueves, 1 de abril de 2010

El Molino. Texto de presentación. Por Teresa Arijón

Los ominosos traslados de una sagrada familia
Por Teresa Arijón, Diciembre 2007

El molino, de Mariana Docampo, parece tener su origen en “una anomalía del destino” — que la autora no juzga y sólo se limita a enunciar y presentar. Como dijera Pasolini de Moravia en Descripciones de descripciones — su sola intervención es una “delicadeza impersonal que consiste en transferir, sin que el lector lo note, esa anomalía del destino y sus consecuencias a otro orden expresivo: simbólico o metafórico”.
Mariana inicia su novela con un ábrete sésamo, la consabida artimaña que algunos llamamos epígrafe y que en este caso dirige la lectura como una flecha, pero de rumbo incierto — una cita bíblica que reza: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre, sino por mí. Si ustedes me conocen, conocerán también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto.
Y de inmediato irrumpe el texto — parco, desadjetivado: Papá volvía de noche. Llegaba después de que nosotros nos dormíamos. Y se iba horas antes de que despertáramos. Yo no lo conocía.
Y así se inicia ese traslado ominoso del que hablaba Pasolini: transformar en metáfora la vida cotidiana de una familia numerosa, católica, amiga del cura párroco, sacrificadora de gatitos por horror a las castraciones, que configura el pesebre viviente en las Navidades y se cree, qué duda cabe, un alter ego de la sagrada familia por derecho propio, por estar sentada a la diestra del padre. Pero el padre — que es visto y enunciado como imagen y semejanza del buen Dios de larga barba — es también un padrecito Stalin, un fanático que agita los brazos con vehemencia y conduce a sus hijos y a su mujer hacia el peligro: que él llama aventura.
Todo pasado por los ojos de una nena, Juana, ni muy chica ni muy grande. La familia de Juana —sagrada por vocación, no por mandato divino, y he aquí la anomalía del destino — no huye a Egipto a lomo de burro: se interna en un auto grande y destartalado en los llanos de la provincia de Buenos Aires y en otras tierras inestables y argentinas que siempre parecen amenazarla con sus criaturas: el chancho salvaje que acecha en el fondo del pantano, los urúes traidos de Africa en el siglo xvii por los españoles, algún cuero de animal muerto que imprevistamente podría animarse, huesos pelados por los caranchos que de noche encarnan la luz mala.
¿O la amenaza está, más bien, en la voz del padre? Porque esas criaturas de la maravilla jamás se hacen presentes: sólo son nombradas por ese padre que habla solo, canta, salmodia, esclarece a los ignaros, ríe como un loco, le pega cinturonazos al aire, predica — y todo a campo abierto. Y siempre con inminencia de tormenta — el castigo del cielo.
Y la madre prolífica, abnegada con su séquito de hijos y la cría prendida al pecho, en brazos o tironeándole de la falda. La madre que cumple rigurosamente su papel de paridora y su función mediadora pero siempre parece un poco distraída, en un precioso estar en otra parte. Y los hijos en fila india, obedientes y curiosos: un ejército de siemprelistos con su arsenal de juguetes medio rotos. Una imagen, diríase que habitual, de una clase empobrecida desde su gestación.
Y el ritual, en este contexto pagano, de la gallina descuartizada como contrapunto al ritual sacralizado de la misa católica. Y el gato negro que siempre cruza la escena, con la cadencia del mal agüero. Todo es escandido aquí, escanciado: la lluvia, el muñeco manco semienterrado que asoma sus ominosos atributos plásticos, las pisadas de una nena entre las flores, el cruce de un charco de agua sucia para conocer por fin al padre, la luz de una linterna, el molino de aspas inútiles al que se llega y no se llega, el árbol del ahorcado, la infancia como locus de una inocencia siniestra.
Y los exterminios, las ubicuas matanzas de lo que Theodore Roethke llamaba “criaturas indefensas, inermes, desamparadas”: una gata muerta de un balazo por mano anónima, gatitos recién nacidos abandonados por la familia de Juana en las vías del tren para alimento de las jaurías, una mujer que mata a su hija de dos años volcándole encima una olla de agua hirviendo, más gatitos arrojados de patitas temblorosas a un cruce de ruta plagado de camiones, una babosa ahogada en sal, un sapo aplastado, un pescado que boquea, los gatos grandes descendientes de la vieja gata paridora tradicionalmente envenenados en el instituto Pasteur, el perro rabioso —Dokán— que mordió al padre antes de morir con las fauces llenas de espuma.
De todas las criaturas sacrificadas se dice — por suerte no sufrió, no se dio cuenta, esa muerte no duele, cosas así.
Pero, siguiendo la anomalía del destino, un animal escapa — por su misma naturaleza — a la matanza generalizada: la rata gorda y negra que mordisquea el pollo de la fiesta de Navidad. Una escena que paraliza por lo oscuramente verosímil, por la violencia de las asociaciones: cuando la madre abre la puerta del horno, todos los comensales ven a la rata relamiéndose en la asadera, menos dos de las chicas. Todos miran para abajo, la rata huye, y la madre les sirve el pollo a las chicas. Que lo comen riéndose un poco, porque se dan cuenta de que algo raro pasa, pero no saben bien qué. Y el padre que se burla y las alienta a comer un alimento inmundo. Y ese es el tono de El molino: el de un sarcasmo pausado, pasmado, que cae por su propio peso. No se trata de una truculencia buscada o cultivada, sino de impecable observación de los hechos con fogonazos de humor negro. Como si Mariana hubiera capturado con una cámara fotográfica muy antigua la verdadera entidad de esa familia — que es un secreto a voces.
Y concluye el traslado — es decir la novela familiar — con otra cita: “No temas, pequeño Rebaño, porque el Padre de ustedes ha querido darles el Reino”.
La imposición de la palabra bíblica como una imposición de manos — ¿hacia la sanación? ¿hacia la salvación?
La sanación —liberanos a malo, líbranos del mal— sería acaso alguna forma de libertad: por ejemplo la escritura para el personaje ya adulto de Juana.
La salvación... ¡ah! En la metafísica cristiana, eso siempre depende del Padre.
Y en esta ficción el padre sofoca, a mansalva.