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jueves, 22 de junio de 2017

Damas de letras. Por Mariana Guzzante para Los Andes

Damas de letras. Por Mariana Guzzante para Los Andes


Se iba a llamar “Mujeres del siglo XIX”, pero estos ocho libros rescatados del pasado formaban un collage tan exquisito que acabó llamándose “Las Antiguas”. Así nació la colección que acaba de desenterrar novelas, libros de viaje y hasta recetarios de cocina firmados por las primeras escritoras argentinas. Por qué es necesario descubrirlas.



Mariana Docampo se escapa del rugir de Buenos Aires en la fatal hora pico. Ya dentro del taxi respira, vuelve a agradecer y cuenta cómo se le ocurrió desenterrar a aquellas escritoras acalladas por el peso del polvo y el olvido: “Conocerlas, saber qué hacían, qué escribían, de qué temas hablaban y cómo los abordaban”, explica.

Como una suerte de arqueólogo urbano, nos lleva en su celular recorriendo laberintos, llenando huecos, siguiendo pistas, y tan apasionante es el hallazgo de “Las Antiguas” que casi no percibimos cuándo entró a su departamento, llegó hasta la PC y empalmamos la charla por mail.

“Queríamos hacer una colección ‘viva’, que nos interpelara como escritoras y lectoras, pero también que pudiera plantear coordenadas nuevas de lectura. Por eso, también las prologuistas son escritoras de distintas generaciones, hay algunas más jóvenes y otras ya consagradas”. No influyó, dice, que Juana Manuela Gorriti, Eduarda Mansilla o Juana Manso fueran más conocidas que Lola Larrosa, Rosa Guerra o Elvira Aldao de Díaz. No hubo, de entrada, ninguna jerarquía en la colección, sobre todo del tipo “ésta escribía bien”, “ésta no”. 

Y en el catálogo entró de todo: novelas, libros de viaje, memorias y un recetario de cocina, sin contar obras de teatro, poesía y ensayo que editarán muy pronto. 

¿Quiénes son Las Antiguas, entonces? Pues, por empezar, autoras nacidas antes de que finalizara el XIX, pero publicadas durante el XX. “Por eso, en la colección entran obras como ‘Stella’, de César Duayen, pseudónimo de Emma de la Barra. Un caso muy particular, porque fue un best seller en los primeros años del siglo XX y ahora es un libro inhallable. Otro, ‘Los Recuerdos de antaño’, de Elvira Aldao de Díaz (un libro de memorias que en lo personal me gusta mucho) fue publicado en 1931”. 

Mariana dice que van editando en la medida que van encontrando y que la mayoría de las damas de letras son muy difíciles de conseguir, porque están en salas reservadas de bibliotecas, o directamente no están. 

Que la académica norteamericana Lea Fletcher (quien vivió muchos años en la Argentina y fundó la revista y editorial Feminaria) fue de gran ayuda para la investigación, no queda duda. Tampoco que el rastreo de nombres y títulos le debe otro ‘gracias’ al “Diccionario Biográfico de Mujeres Argentinas” de Lili Souza de Newton. 

-¿Hablamos de hallazgo de inéditos?

-Hay de todo. “Cocina ecléctica” de Juana Manuela Gorriti fue reeditada varias veces, por ejemplo. Pero, como decía, “Stella” de Emma de la Barra era un inhallable. Y eso que rompió récords de ventas en el momento de aparición, se tradujo a muchos idiomas, e incluso se filmó una película en los años ’30. 

De las ocho damas invocadas aquí, la que más le llamó la atención a Docampo fue Lola Larrosa. “Ella nació en Uruguay pero hizo toda su carrera literaria en Buenos Aires. Vivía de la escritura, era narradora pero también periodista, y compartió con Juana Manuela Gorriti la dirección de la revista ‘La Alborada del Plata’. Tuvo que hacerse cargo económicamente de su hijo y de su marido, que enloqueció a los pocos años de casarse. Por otra parte, murió muy jovencita, a los treinta y seis. Y si bien sus novelas se vendían y en general le fue bien con la crítica, hubo una que me llama particularmente la atención, por lo misógina”. 

Mariana linkea la reseña: un crítico falaz por poco le aconseja a Lola que se calle, que mejor se dirija “hacia rumbos más propicios y acaso de más vuelo para su corazón de mujer”. Difícil que el cursor no se irrite, pero Mariana teclea con calma: “Me sorprende todavía más cómo Lola Larrosa, aun con toda una sociedad que pensaba que la escritura no era cosa de mujeres, sigue escribiendo, porque es su deseo, por un lado, pero también porque no tiene alternativa, ya que la escritura es su modo de vida. La necesidad la autoriza”.

Es interesante cómo Mariana habla de ella (de ellas) en presente espontáneo. “Muchas escriben no lo que quieren, sino lo que pueden, consciente o inconscientemente”. Si escribir era en sí una transgresión, la astucia de la lady consistía, entonces, en refinar el ademán contestatario hacia los señores que las mandaban a callar, en alzar el gesto obsceno del dedo mayor, pero suspicazmente dentro del guante. 

Para que veamos hasta qué punto la colección es un trabajo colectivo, Mariana adelanta que “Lo íntimo”, otro libro de Gorriti, que publicarán en 2012, les fue enviado por la escritora Esther Andradi desde Berlín. Además, la investigadora cordobesa Marta Palacio, descendiente de Agustina Palacio de Andrade, otra futura “antigua”, envió “La heroína del Bracho”, el libro de memorias de la ancestra. Cristina Bajo nos ha facilitado también un libro de Emma de la Barra. A pulmón, la operación rescate continúa.

Mujeres que (se) escriben. Por Daniel Gigena para ADN

Mujeres que (se) escriben
En los últimos quince años, de la mano de nuevas voces de escritoras, aparecieron en la literatura argentina personajes femeninos más audaces e innovadores
LA NACION
DOMINGO 06 DE MARZO DE 2016
¿Cómo se transformó la representación de las mujeres en la literatura nacional? ¿Cómo pasaron de ser meros agentes pasivos (si no figuras ausentes) a protagonistas exclusivas, como sucede en los libros de Ariana Harwicz y Sylvia Molloy, por nombrar a dos autoras contemporáneas de distintas generaciones? Los cambios en el contexto social, por supuesto, acompañan e impulsan nuevos circuitos, dinámicas y consumos literarios, pero la relación entre realidad y ficción es reticular. En los últimos quince años, junto con el despliegue de nuevas subjetividades femeninas en la ficción aparecieron más voces de escritoras.
"Creo que es evidente que hay una mayor edición y circulación de escritoras mujeres tanto a nivel nacional como regional e internacional -comenta Nora Domínguez, doctora en Letras, directora del Instituto Interdisciplinario de Estudios de Género (UBA) y autora de libros clave como Lazos de familia. Herencias, cuerpos, ficciones y Fábulas del género-. Me interesan Margarita García Robayo (Colombia), Lina Meruane (Chile), Fernanda Trías (Uruguay), Verónica Stigger (Brasil). Ellas saben mirar los mundos en que viven y extraer los personajes, los conflictos, las voces más desafiantes que los hagan hablar; trabajan en los límites y eso me seduce mucho porque están probando qué decir, cómo narrar, cómo levantar capas de sentidos. La mexicana Valeria Luiselli tiene una imaginación sofisticada y un manejo extraordinario de la prosa."
Sobre el trabajo de las autoras nacionales, Domínguez agrega: "La vida doméstica, los lazos familiares, los encuentros afectivos y sexuales son los aspectos que tal vez más han cambiado a lo largo del siglo XX y en lo que va del XXI. La literatura, aunque puede anticiparse o ir detrás de las transformaciones, siempre va con ellas a su lado, ofreciendo perspectivas y colocando voces diferentes en esas series. Los temas proliferan: las marcas de la enfermedad, las versiones inéditas de las violencias políticas aún sin narrar o de las violencias sobre el cuerpo de las mujeres, los viajes y exilios. Pero lo interesante es la emergencia de modos de narrar más desprejuiciados, más críticos, más experimentales, que alteran nuestras certezas sobre las representaciones de género y las múltiples relaciones imaginarias, reales, políticas que establecemos los humanos." Domínguez adjunta en su respuesta una larga lista de autoras: Perla Suez, Sylvia Molloy, Gabriela Cabezón Cámara, María Martoccia, Mariana Docampo, María Moreno, Matilde Sánchez, Romina Paula, Gabriela Massuh, Tununa Mercado. "Y leí con mucho interés a María Sonia Cristoff, Selva Almada, Lucía Puenzo, Samanta Schweblin, Vanesa Guerra y Mercedes Araujo. Hay otras que también vienen pisando fuerte: Eugenia Almeida, Ariana Harwicz, Virginia Cosin."
¿En la literatura escrita por varones en los últimos años esas modulaciones e intensidades también aparecen? Domínguez sostiene que sí. "Difícilmente me vaya a olvidar de la mucama enamorada, abandonada y espiada de cerca en Rabia de Sergio Bizzio, o del personaje de Helena, en la nouvelle de Eduardo Muslip Plaza Irlanda, o de las jóvenes lesbianas de Iosi Havilio en Opendoor o en Paraísos. No me parece un factor determinante que sus autores sean varones; dieron en el clavo con una construcción del mundo afectivo y sensible de los personajes, que los vuelve muy creíbles. Supieron encontrar para esos personajes femeninos las herramientas perfectas que ofrecen el estado actual de la cultura, de sus lenguajes y de su imaginación. Los personajes de las tres novelas de Gabriela Cabezón Cámara también concentran personajes potentes, espacios de lo marginal en carne viva y una lengua a un mismo tiempo controlada y desquiciada que los domina. Con esos textos sí que ganamos."

El lugar de las fantasías





Mariana Docampo es licenciada en Letras, narradora y directora de la colección Las Antiguas, del sello Buena Vista, que rescata textos de autoras argentinas del pasado, como Emma Barrandeguy o Elvira Aldao. Para la autora de La fe, los cambios más interesantes en la representación de personajes femeninos se dan en la literatura escrita por mujeres. "Ahí aparecen los personajes femeninos más originales, por la libertad con la que se expresan ciertos aspectos de algunas mujeres, ante los cuales la mirada masculina es sesgada, muchas veces por desconocimiento, por desinterés o por prejuicio. Personajes sobre los que no cae la mirada o pregunta moralizante de un autor hombre, o que no ocupan el lugar de sus fantasías, algo que lamentablemente sigue siendo muy frecuente en la literatura argentina contemporánea." Sobre este último aspecto, basta repasar títulos best sellers de autores locales en los que aparecen variaciones insufribles de la femme fatale, la arpía o la ninfómana.
"Son muy interesantes las dos novelas de Harwicz, La débil mental y Precoz, que muestran una sexualidad de los personajes femeninos un poco incómoda para los lectores -apunta Docampo?. Madres con una fuerte carga incestuosa, que ponen en jaque el estereotipo de la maternidad y que extreman el rol hasta lo indigerible. Otra escritora que trabaja en un borde muy particular para representar a sus protagonistas mujeres es Cabezón Cámara, que está inmersa en las aguas de lo queer. Sus mujeres están como estalladas por dentro (y por fuera también), un poco más allá del género, son y no son mujeres; podríamos decir que son transmujeres. También me parece innovadora la representación de mujeres que aman o desean a otras mujeres en La intemperie de Gabriela Massuh, o en Desarticulaciones, de Sylvia Molloy. El tratamiento de lo autobiográfico les da un plus de valor a estas novelas porque eso desborda los límites textuales y extiende lazos hacia las protagonistas reales."
Para Docampo, la literatura anticipa o expresa cambios de época. "Lo importante es prestar atención a estas voces y a estas nuevas representaciones, porque son las que amplían el abanico de lo que se cuenta en la Argentina, lo enriquecen, y a la vez, modernizan la literatura, la adaptan a los tiempos que corren. Esto significa que ya sea que nos identifiquemos o no con los personajes representados, los lectores vamos a tener la oportunidad de abrirnos a nuevas subjetividades; esto trae implícito una posibilidad de reflexionar más y mejor sobre nosotros mismos y el mundo en que vivimos." Otras autoras, como Ariadna Castellarnau, Mariana Komiseroff, Giselle Aronson, Violeta Gorodischer, Natalia Brandi, Beatriz Vignoli, Paula Brecciaroli, Natalia Massei, Claudia Aboaf, Mirta Hortas, Marina Yuszczuk y Mariana Travacio suman espesor a la experiencia femenina desde ópticas domésticas trastrocadas, en medio de odiseas de inmigraciones y extravíos o de identidades en formación constante.

Pasajeras en trance

Julián López, autor de Una muchacha muy bella, novela organizada a partir de una figura femenina radiante, considera que el universo actual de la literatura argentina está escrito en gran medida por mujeres. "Puedo mencionar como potentes y diversas en el sentido de la representación y las voces de lo femenino a Gabriela Cabezón Cámara y a Inés Garland, dos escritoras que abordan universos de mujeres con niveles de intimidad que pueden sorprender por lo variado y en todo caso lo lejano, pero también por la veracidad y la voracidad como una característica de esas escrituras", dice López. "Además de ellas, me gustan mucho Alejandra Zina, me encanta la voz poderosísima que construyó Samanta Schweblin en la admirable Distancia de rescate, Selva Almada. Un descubrimiento personal fuera de este marco temporal fue Emma Barrandeguy, que como todo lo bueno viene de la mano de María Moreno, que fue quien la redescubrió. Su novela Habitaciones es fundamental en el contexto histórico y de género."
Gabriela Cabezón Cámara es una de las autoras más mencionadas por sus colegas varones y mujeres a la hora de evaluar la originalidad narrativa para diseñar personajes femeninos en la literatura local. "Lo que ahora está sucediendo es que muchas más mujeres escriben y publican; obviamente, lo hacen desde una perspectiva particular, diferente de la mirada hegemónica", dice. "Me interesa mucho lo que hacen Carina Radilov Chirov, cómo construye personajes de mujeres en momentos de clivaje; Zina, que explora vínculos de perturbadora intimidad entre mujeres; Harwicz, que piensa algo poco pensado como la relación madre-hija; Marina Mariasch, que construye un mundo familiar femenino en Estamos unidas; Havilio, con ese personaje fascinante de Opendoor, y Fernanda Laguna (alias Dalia Rossetti), que hace un trabajo impresionante en Dame pelota. Ahora ella trabaja sobre una mucama perversa, enamorada de su patrona y caliente con sus hijas adolescentes (las de la patrona). Rompe límites Fernanda. Me divierte mucho también la investigadora de María Inés Krimer, Ruth Epelbaum, una señora en sus cincuenta que, ayudada por su mucama y amiga, resuelve casos policiales en una Buenos Aires bastante pesadillesca."
Para Andrea Ostrov, doctora en Letras, docente e investigadora del Conicet, autora de El género al bies: cuerpo, género y escritura en cinco narradoras latinoamericanas y Espacios de ficción. Espacio, poder y escritura en la literatura latinoamericana, existen orientaciones claras en la narrativa escrita por mujeres en las dos últimas décadas. "Por un lado, persiste una continuidad fuerte en relación con la violencia dictatorial y el trabajo de la memoria, tal como lo evidencian las últimas novelas de Sara Rosenberg (Un hilo rojo y Contraluz); de María Teresa Andruetto (Lengua madre y Los manchados); de Susana Romano Sued (Procedimiento); de Nora Strejilevich (Una sola muerte numerosa) y de tantas otras narradoras. La representación del pasado traumático se realiza en forma fragmentaria, mediante el ensamblaje de voces, documentos, cartas, testimonios. Los personajes femeninos -muchas veces con una impronta autobiográfica- intentan una recuperación de lo acontecido que posibilite alguna reconstrucción de sentido, un ejercicio de la memoria que resignifique la historia a partir de los interrogantes del presente. Otras veces, la reconstrucción e indagación del pasado se refiere al linaje familiar, al desarraigo de los padres o abuelos inmigrantes, a las tradiciones, a la tierra perdida. Aquí, la recuperación de la genealogía y la historia familiar resultan decisivas en la configuración de la propia subjetividad de las protagonistas." En esta línea trabajaron María Rosa Lojo, Griselda Gambaro, Perla Suez, Ana María Shua y María Angélica Scotti, entre otras. Otra vertiente que Ostrov destaca es aquella que se refiere a la violencia de género y a la trata de mujeres. Trabajos recientes de Angélica Gorodischer (una pionera) avanzan por ese camino.
Más allá de las líneas temáticas o las tendencias más visibles, para Ostrov los nuevos personajes femeninos se alejan en gran medida de los estereotipos de género y de las representaciones tradicionales. "Podríamos decir que sus identidades se constituyen precisamente a partir de los desvíos, rupturas y disensos que son capaces de establecer respecto de los modelos hegemónicos y los roles sociales recomendados. En este sentido habría que inscribir también los relatos que problematizan las formas tradicionales de maternidad y proponen configuraciones familiares, afectivas y sexuales alternativas, como por ejemplo La Virgen Cabeza y Romance de la negra rubia de Cabezón Cámara; El niño pez de Lucía Puenzo; La intemperie de Massuh; No es amor de Patricia Kolesnicov y, por supuesto, Varia imaginación de Molloy."
Para Cabezón Cámara los nuevos personajes femeninos importan, y mucho, porque "están poco escritos, porque permiten pensar nuevos puntos de vista". "Recuerdo cuánto me fascinó leer Casandra de Christa Wolf, una lectura de Agamenón, la tragedia de Esquilo. Casandra tenía el don de ver lo que sucedería y la maldición de no ser escuchada nunca por nadie, narrando el final de la guerra de Troya y el del comandante en jefe de su ejército: hermoso -agrega-. Es un trabajo semejante al de Jean Rhys en Ancho mar de los Sargazos: cuenta una historia ya contada desde la perspectiva del personaje que no hablaba o que no era escuchado, de la mujer, de la loca".
Creados por la urgencia de la actualidad, la búsqueda de una ruptura con la tradición o el deseo de perfilar otras voces, los personajes femeninos alcanzan un relieve inesperado en la literatura nacional a la vez que la enriquecen y transforman.

miércoles, 21 de junio de 2017

Respondiendo al cuestionario de Eterna

Cuestionario a Escritores: Responde Mariana Docampo  (06/7/2016)
Blog de Eterna Cadencia.

Lo peor para un escritor "es escribir lo que se espera de uno, ser obediente. Lo mejor es lo opuesto: el riesgo, la orfandad", dice la docente y autora de libros como Al borde del tapiz, El Molino y La fe.

© Valentina Rebasa
1. ¿Qué te llevarías de tu casa en caso de incendio?  
La lámpara de mi abuela Itita.
2. ¿Qué libro de otro autor produjo en vos el efecto que te gustaría producir en quienes te leen? 
Uy, miles. Por ejemplo, los Canti de Giacomo Leopardi, o los cuentos de Silvina Ocampo, y de lo último que leí, los libros de Fleur Jaeggy. Y no te digo todos los otros porque me da vergüenza mostrarme tan ambiciosa, y en un punto, desorientada.
3. ¿Qué es lo mejor y lo peor que le puede pasar a un escritor? 
Lo peor, para mí, es escribir lo que se espera de uno, ser obediente.  Lo mejor es lo opuesto: el riesgo, la orfandad.   
4. La superstición es... 
La opción para los que hemos sido expulsados de las iglesias.
5. ¿Qué disco escucharías manejando sola por la ruta del desierto? 
En la ruta del desierto me mantendría en silencio.
6. ¿A qué persona real, nacida en cualquier momento de la historia, le desearías una vida eterna? ¿Se lo darías como castigo o como premio? 
Le deseo vida eterna a todos los buenos y muerte instantánea y definitiva a todos los malos.   
7. ¿De qué personaje de ficción te gustaría ser amigo en Facebook? 
Me gustaría ser amiga de Bartleby, así dejo de alimentar el negocio.
8. ¿Qué creés que hay después de la muerte? 
En principio diría que no creo en la muerte, no la entiendo. Creo en la vida, es lo que conozco, lo que tengo. Pero la perspectiva de dar fin al “yo” me da mucha ilusión. Ojalá sea solo eso, pasar a existir de un modo más flexible.
9. ¿Nos mandás una foto de tu biblioteca?
Claro, ahí va. Mando una de la chiquita que es la que más quiero.  

http://eternacadencia.com.ar/blog/libreria/nueve-preguntas/item/responde-mariana-docampo.html

Horas robadas a la noche. El escritor y su oficio

Para el BLOG HORAS ROBADAS A LA NOCHE
El escritor y su oficio


1-¿Dónde escribís? 

En casa, pero no es excluyente.   

2- ¿Trabajás en computadora o a mano?

En computadora. Luego imprimo las hojas y las corrijo a mano.

3- ¿Escribís todos los días? ¿Tenés un horario fijo?

No tengo sistema para escribir. Soy muy desordenada, como en todo. Si estoy escribiendo un libro puedo hacerlo por la mañana, por la tarde, o incluso en medio de la noche. En general escribo todos los días, pero depende.

4-¿Cuánto tiempo le dedicás?

Te diría que organizo todo mi tiempo alrededor de la escritura, acomodo el resto de mis actividades en torno a ese centro, pero sería incapaz de contar las horas, siempre es distinto.

5- ¿Algún ritual, costumbre o manía a la hora de sentarse a escribir?

Ninguno.

6- ¿Cuándo das por terminado un texto? ¿Qué recorrido emprende ese texto?

Por lo general lo doy por terminado mucho antes de hacer las últimas correcciones, es el momento en que siento que todo lo que el texto tenía para dar, fue dado.  Puedo sentir que ya está terminado aún si faltan todavía meses para que esté “oficialmente” listo.  A partir de ese momento, comienzan los cierres, nuevas correcciones, mucho trabajo, pero de un modo íntimo yo sé que llegué al final.

7- ¿Qué relación tenés con tu biblioteca? 

Exagerada.  Hasta el punto que un año en que tuve que mudarme cinco veces, lo que extraía primero de las cajas eran los libros, y los acomodaba en las bibliotecas que iba trasladando de una a otra casa.  Recién cuando los libros estaban dispuestos en los estantes, me volvía a sentir “en casa”.  Pero una vez una fuerte inundación se llevó la mitad de mis libros, incluso muchos de los más queridos.  A partir de ese momento algo cambió, fue una experiencia muy extrema, una manifestación descarnada de lo efímero.  Ahora no sé qué sentir respecto de mis libros, sé que pueden desaparecer en cualquier momento. Y me compré un reader.  Pero es de una inmaterialidad pavorosa a la que no me acostumbro, es una renuncia a la que fui empujada a la fuerza. Estoy en crisis.

8- ¿Qué libro te gustaría leer?

¿Ahora? Un libro hermoso.

9- ¿Qué cinco libros no pueden faltar en tu biblioteca ideal?

Los poemas de Safo, La divina comedia, las Tragedias de Eurípides, la obra completa de Silvina Ocampo (que en ese momento ideal ya estaría publicada) y un libro de poesía china que conservo dañado por la inundación, y que quisiera recobrar tal cual fue antes de la lluvia.

10- ¿Cuáles son los autores/libros que te parecen más sobrevalorados y cuáles los menos valorados?

Creo que el valor es algo ajeno a la “cosa”, en este caso al texto, y por lo tanto depende de categorías que no tienen que ver con el libro en sí, y que además son variables: modas, mercado, instituciones, intereses puntuales de un crítico o de un teórico, prejuicios, política… Así que no te daría ningún nombre porque tendría que entrar en explicaciones para cada caso. Creo en cambio en el encuentro directo y personal con los libros.

11- ¿Qué relación tenés con la inspiración?

Creo en la inspiración, pero siempre de la mano del oficio.

12- ¿Cuándo una persona se convierte en un buen lector?

Cuando lee sin prejuicios.

Bonus Track:
-Experiencias e impresiones de escribir estimulado por alguna sustancia o en un estado de conciencia alterado.


Nunca escribí estimulada por sustancias. De hecho tuve una lamentable experiencia con la mariguana que me dejó tres años con ataques de pánico. En ese período no pude escribir nada interesante, todo lo contrario.  

http://bloghorasrobadas.blogspot.com.ar/search/label/Mariana%20Docampo

jueves, 29 de septiembre de 2016

Cuestionario Equilátero

A partir de hoy, faltan solo seis días para que cierre el Premio La Bestia Equilátera de Novela, que recibe originales hasta el 29/11 y no tiene prórroga. Entre los prejurados del premio está Mariana Docampo, que ahora contesta nuestro pequeño cuestionario.
1. ¿Cuáles son tus autores o libros preferidos?
Muchos. Los clásicos, en primer lugar: Eurípides, Safo, Virgilio.  Y Dante Alighieri, Giacomo Leopardi.  Si hablamos de obras: Las mil y una noches, la Biblia, el romancero español, las canciones de María Elena Walsh.  Sumo a Silvina Ocampo y a Borges a quienes veo como fundadores de la literatura argentina.  Y bueno, podría seguir nombrándolo todo: Flaubert, Virginia Woolf, Paul Valery, Armonía Somers, Marguerite Duras, Salinger, Juan Rulfo, Marina Tvietáieva.  Un poco de todo, variado, diverso, desigual.
2. ¿Qué clásico impostergable venís postergando?
Las Tristes de Ovidio
3. ¿Cuánto leés por día?, ¿tenés algún régimen o programa de lectura? ¿Dónde leés?
Mucho y desordenadamente.  Ningún régimen ni programa de lectura.  Leo cuando puedo, donde puedo.
4. ¿Cómo leés? ¿Subrayás, anotás, marcás páginas?
Si.  Es un placer extra subrayar, anotar, marcar páginas.  Muchas veces, si no lo hago porque el libro es prestado o por cierto respeto a lo inmaculado, me quedo con la sensación de que no lo leí realmente.
5. ¿Qué buscás a la hora de leer una novela?
Que me tienda una red de lenguaje que me atrape.  Hay una materialidad que me interesa en la literatura, más allá de la historia, que puede ser cualquiera.  Y la perspectiva del autor, sin dudas, la singularidad de la mirada.
6. ¿Tenés alguna manía a la hora leer?
Ninguna.
7. ¿Qué decide que una novela sea una buena novela?
No sé si me gusta aplicar el criterio de “buena” o “mala” para pensar una novela, porque es un criterio que solo implica un ejercicio de poder.   Pero puedo decirte que me gustan mucho las formas abiertas, en apariencia inconclusas, articuladas hacia otra parte.  Y las prefiero cuando me deslumbran, por algún motivo, cuando transforman mi experiencia cotidiana, me abren a mundos inesperados, o suman algo a mi vida.
8. ¿Qué tenés en cuenta a la hora de recomendar una novela?
Los puntos 5 y 7
9. ¿Qué hay que tener en cuenta a la hora de emprender una novela?
Que es un tiempo de completa entrega hacia un objeto que para su autor es precioso, y que solo tendrá lectores interesados si quien la escribe invirtió tiempo en escribirla, puso  en ese acto su corazón y su inteligencia, escribió con la verdad.
10. ¿De dónde sale el material para una novela?
Del modo de relacionarnos con la vida, de la propia biografía, de la observación, de la investigación, de los libros que leemos, de todas partes.  El material es todo lo que está disponible en el exterior y en el interior de nosotros, solo hace falta la sensibilidad que pueda articularlo.
11. ¿Cuándo se termina de escribir una novela?
El final se presenta solo.

domingo, 7 de septiembre de 2014

Viaje a un nuevo realismo de la conciencia

Viaje a un nuevo realismo de la conciencia

 
Entrevista a Mariana Docampo sobre su novela “Tratado del movimiento”. “Hace tiempo ya que las formas lineales o ‘continuas’ de narrar no me satisfacen. Siento que estos modos me resultan precarios”, sostiene la autora.

Augusto Munaro Especial para Cultura


Internet en relación a los nuevos dispositivos de escritura, surgidos a partir de tecnologías digitales, ha permitido a la escritora Mariana Docampo con su “Tratado del movimiento” (Bajo La Luna) alcanzar un nuevo ordenamiento de la realidad, tensionando y cuestionando a través de cada página, los verdaderos fundamentos de la narratividad.
Tan fascinante como inclasificable, la novela despliega todo un sistema alternativo de representación y estructuración del pensamiento. 

-Como en tus libros precedentes, aquí, las coordenadas escriturarias dan lugar a la libertad formal y psíquica del narrador. Una mirada descentrada de lo “tradicional”. 

-Supongo que es una necesidad de probar con nuevos modos narrativos.  Hace tiempo ya que las formas lineales o “continuas” de narrar no me satisfacen. Siento que estos modos me resultan precarios para el tipo de inquietudes que tengo. Así que traté de ir por otro lado.  Creo que estoy atravesando una “crisis de narrador”

-Da la impresión que Tratado del movimiento es una novela muy pensada, que profundiza- continúa algunas cuestiones religiosas iniciadas con tu libro anterior, La Fe. 

-En realidad el Tratado no es una novela muy pensada.  La escribí relativamente rápido (menos de un año), y fui dejándome llevar por el narrador, por su lógica, sus razonamientos. No hubo planificación previa. Fue como un viaje y surgió de una manera espontánea. Pero a la vez es cierto, que es una continuación del proceso narrativo iniciado en La Fe, y en ese sentido, esta voz viene ejercitándose desde hace rato.

-A menudo se analizan videos en YouTube, se transcribe información extraída de Wikipedia. Puntualmente, ¿qué fue lo que te interesó investigar a la hora de operar con las herramientas discursivas de internet?

-Desde hace ya varios años se me volvió natural navegar en internet mientras escribo, mientras trabajo, mientras vivo. Excepto si realizo actividades puramente físicas (si bailo, por ejemplo), estoy “conectada” de manera intermitente a la web.
Si hago una pausa en la lectura o en la escritura, es probable que chequee mails, o que busque algún dato en Internet, o incluso me distraiga con un video de YouTube y de ahí salté a otra página.
Luego vuelvo al trabajo, y al rato corto, y vuelvo a entrar. No es algo que me guste particularmente o que busque hacer, simplemente sucede. Y además, como la web es una red de comunicaciones, también por esa vía me comunico muchas veces con mis amigos, les escribo un mail, o pongo un “me gusta” en alguno de sus comentarios de Facebook.
Así que en principio te diría que no hubo una voluntad de investigar algo específico al escribir mi libro sino que fue natural para mí trabajar con esos materiales, porque se han ido incorporando a mi vida cotidiana, y van transformando el modo de estructurar mi pensamiento, mi tiempo, mi manera de relacionarme y sin dudas, mi escritura.
En ese sentido, el modo del libro surgió de mi necesidad de expresar, pero también de explorar las transformaciones que experimento. Y a la vez, es cierto que trabajé de manera intencional con los temas y herramientas de Internet, el Tratado es para mí algo así como una “aventura cibernética”. Siento que podría colgar la novela a la web, activar los links, e incorporarla. Funciona en esa estructura.   

-Hay momentos en que el libro podría interpretarse como observaciones psicoanalíticas de un caso de paranoia. Sobre todo cuando se teoriza partiendo del supuesto que la realidad es simulacro, y por lo tanto, todo es ilusión. Nuestro lenguaje también. ¿Pensás que podría ser interpretado como el cuaderno de un enajenado?

-Sí, totalmente. No sólo el Tratado, también algunos cuentos de “La Fe”, mi libro anterior, están en esa nota, en ese borde entre la locura y la cordura.  Me interesa además, que se trate de la voz que narra y no de un personaje “dicho”, porque en ese sentido, implica un desafío para mí como escritora.
 Entrar en esta lógica, tan libre y a la vez cerrada, en la medida que el narrador del Tratado todo el tiempo pega saltos, se abisma, abre sentidos pero al mismo tiempo los cierra, llega rápidamente a conclusiones, enuncia “verdades”, de maneras, incluso, muy rimbombantes.
Este modo me permite avanzar en zonas que a mí me interesa explorar, en relación a la palabra, al concepto de “verdad”, a los discursos, y sería muy difícil para mí hacerlo de no usar una voz narrativa de estas características.
Aunque a la vez, el narrador de esta novela podría ser un enajenado, como vos decís. Pero a mi entender si fuera solo eso, la novela perdería interés, porque ¿qué importancia tendría lo que dice? A los locos se los encierra, se los medica o se los piensa, pero no se los considera interlocutores válidos.
Y en el caso del Tratado, lo único que tenemos es su voz, lo que él o ella dice, su modo de razonar y de concebir el mundo, y que está como un poco “corrido”, pero a la vez, algunas cosas que dice no son tan “locas”. O al menos no lo son para mí.   

-Mariana, ¿las formas de narrar te resultan más atrayentes que el entramado en sí que puede ofrecer una historia?

-Sí, por supuesto. 

-¿Por qué?

-Si un libro no está bien escrito, si no hay una búsqueda formal, algo que estimule mi placer estético más allá de la historia en sí que se cuenta, pierdo el interés de manera instantánea. Pero en relación a los libros que escribí (excepto el primero) me interesó siempre poner en cuestión los modos de narrar, y el relato como instancia acabada. Y creo que es algo que desde chica ejercité.
Tengo un largo entrenamiento en detectar las fisuras de los discursos, algo así como una hendija fina por donde podés ver algo de lo que está detrás, y tal vez eso que está detrás sea exactamente lo opuesto de lo que muestra quien te habla, y lo que es peor, por supuesto, tal vez no sea opuesto, sino simplemente diferente (eso es aún más inquietante porque no hay posibilidades de traducción).
Entonces, para mí la palabra tiene un signo doble. Por un lado te permite explorar, adentrarte, decir, y por el otro, “tapa” o incluso anula posibilidades.  Por eso, si me das a leer un texto monolítico, unidireccional, no solo me aburro, sino que me resulta muy angustiante.
Así que siempre busco la flexibilidad en las ideas y en los modos en que éstas se expresan. Pienso además que los discursos políticos, los escolares, los científicos, los religiosos (en su exposición dogmática), los de los medios de comunicación, incluso el académico, tienen esta pretensión de mostrar (desde su formulación) un mundo acabado, completo, y ocultan o niegan sus contradicciones, y en esa corriente de voces estamos inmersos. Hoy por hoy hay una multiplicación de discursos, y eso vuelve todo muy agobiante. Por eso para mí la literatura es un lugar de resistencia.

-¿Compartís alguna filiación literaria con escritores contemporáneos?

-Creo que mi narrativa guarda muchos puntos en común con la obra ensayística de Vanesa Guerra, me refiero a ideas y enfoques, imaginarios compartidos.
También podría nombrarte narradoras y poetas que si bien tienen propuestas estéticas muy distintas a la mía, me interesan y cuya producción sigo: Mercedes Araujo, Paula Jiménez, Carolina Esses. Todas autoras de la editorial Bajo La Luna.  

-Refiriéndonos siempre desde un plano literario, me gustaría saber tu opinión sobre las propuestas canónicas actuales. ¿Son legítimas, o estamos ante un falso centro del cual debemos desplazarnos?

-Te digo la verdad, no sé exactamente cuáles son las propuestas canónicas actuales.  Porque el canon para mí siempre estuvo relacionado con la Academia, con la institución, y me da la sensación de que ahora se corrió de allí.
Pienso que la Universidad va perdiendo su “centralidad” y va ganando cada vez más poder la gran fuerza empobrecedora que llamamos “Mercado”. Y esto me resulta alarmante, porque sabemos que la cantidad de lectores no garantiza calidad en la lectura y responder a estas exigencias puede hacer peligrar la singularidad de lo que escribimos; está claro que es más fácil y seguro repetir fórmulas.
Pero además, estamos hablando de un circuito muy pequeño, muy local, de difusión y distribución. ¿De qué centro estamos hablando si nuestro país es totalmente lateral? Por eso sí, para mí se trata de un “falso centro” como vos decís, de un centro vacío.
Yo prefiero desactivar en mí la idea de “centro”, y explotar las lateralidades. Pienso que es el modo de mantenerme libre en la escritura. Ya iré viendo formas de lidiar con el monstruo del “Mercado” sin ser aplastada.

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